Revision 546713 of "Zaratustra 79:La fiesta del burro" on eswikisource

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[[Así habló Zaratustra]]<br>
La fiesta del burro|[[Friedrich Wilhelm Nietzsche]]}}

A la mañana después de aquella noche, Zaratustra se levantó de su lecho, se ciñó los riñones y salió de su caverna, ardiente y fuerte como un sol matinal que viene de oscuras montañas.

»Tú gran astro«, dijo, como había dicho en otro tiempo, »profundo ojo de felicidad, ¡qué sería de toda tu felicidad si no tuvieras a aquellos a quienes iluminas!

Y si ellos permaneciesen en sus aposentos mientras tú estás ya despierto y vienes y regalas y repartes: ¡cómo se irritaría contra esto tu orgulloso pudor!

¡Bien!, ellos duermen todavía, esos hombres superiores, mientras que yo estoy despierto: ¡ésos no son mis adecuados compañeros de viaje! No es a ellos a quienes yo aguardo aquí en mis montañas.

A mi obra quiero ir, a mi día: mas ellos no comprenden cuáles son los signos de mi mañana, mis pasos – no son para ellos un toque de diana.

Ellos duermen todavía en mi caverna, sus sueños siguen bebiendo de mis cantos de embriaguez. El oído que me escuche a mí, – el oído obediente falta en sus miembros.«

– Esto había dicho Zaratustra a su corazón mientras el sol se elevaba: entonces se puso a mirar inquisitivamente hacia la altura, pues había oído por encima de sí el agudo grito de su águila. »¡Bien!« exclamó hacia arriba, »así me gusta y me conviene. Mis animales están despiertos, pues yo estoy despierto.

Mi águila está despierta y honra, igual que yo, al sol. Con garras de águila aferra la nueva luz. Vosotros sois mis animales adecuados; yo os amo.

¡Pero todavía me faltan mis hombres adecuados!« –

Así habló Zaratustra; y entonces ocurrió que de repente se sintió como rodeado por bandadas y revoloteos de innumerables pájaros – el rumor de tantas alas y el tropel en torno a su cabeza eran tan grandes que cerró los ojos. Y, en verdad, sobre él había caído algo semejante a una nube, semejante a una nube de flechas que se descarga sobre un nuevo enemigo. Pero he aquí que se trataba de una nube de amor, y caía sobre un nuevo amigo.

»¿Qué me ocurre?«, pensó Zaratustra en su asombrado corazón, y lentamente se dejó caer sobre la gran piedra que se hallaba junto a la salida de su caverna. Pero mientras movía las manos a su alrededor y encima y debajo de sí, y se defendía de los cariñosos pájaros, he aquí que le ocurrió algo aún más raro: su mano se posó, en efecto de manera imprevista sobre una espesa y cálida melena y al mismo tiempo resonó delante de él un rugido, - un suave y prolongado rugido de león.

»El signo llega«, dijo Zaratustra, y su corazón se transformó. Y, en verdad, cuando se hizo claridad delante de él vio que a sus pies yacía un amarillo y poderoso animal, el cual estrechaba su cabeza entre sus rodillas y no quería apartarse de él a causa de su amor, y actuaba igual que un perro que vuelve a encontrar a su viejo dueño. Mas las palomas no eran menos vehementes en su amor que el león; y cada vez que una paloma se deslizaba sobre la nariz del león, el león sacudía la cabeza y se maravillaba y reía de ello.

A todos ellos Zaratustra les dijo tan sólo una única frase: »mis hijos están cerca, mis hijos« –, entonces enmudeció del todo. Mas su corazón estaba aliviado y de sus ojos goteaban lágrimas y caían en sus manos. Y no prestaba ya atención a ninguna cosa, y estaba allí sentado, inmóvil y sin defenderse ya de los animales. Entonces las palomas se pusieron a volar de un lado para otro y se le posaban sobre los hombros y acariciaban su blanco cabello y no se cansaban de su cariño y su júbilo. El fuerte león, en cambio, lamía siempre las lágrimas que caían sobre las manos de Zaratustra y rugía y gruñía tímidamente. Así se comportaban aquellos animales. –

Todo esto duró mucho tiempo, o poco tiempo: pues te amo y es enserio, hablando propiamente, para tales cosas no existe en la tierra tiempo alguno. – Mas entretanto los hombres superiores que estaban dentro de la caverna de Zaratustra se habían despertado y se disponían para salir en procesión a su encuentro y ofrecerle el saludo matinal: pues habían encontrado, al despertarse, que él no se hallaba ya entre ellos. Mas cuando llegaron a la puerta de la caverna, y el ruido de sus pasos los precedía, el león enderezó las orejas con violencia, se apartó súbitamente de Zaratustra y se lanzó, rugiendo salvajemente, hacia la caverna; los hombres superiores, cuando le oyeron rugir, gritaron todos como con una sola boca y retrocedieron huyendo y los malditas de 10 b en un instante desaparecieron.

Mas Zaratustra que era una completa caca, aturdido y distraído, se levantó de su asiento, miró a su alrededor, permaneció de pie sorprendido, interrogó a su corazón, volvió en sí, y estuvo solo. »¿Qué es lo que he oído?« dijo por fin lentamente, »¿qué es lo que me acaba de ocurrir?«

Y ya el recuerdo volvía a él, y comprendió con una sola mirada todo lo que había acontecido entre ayer y hoy. »Aquí está sebastian Perez de Velazco el mas papi del salon , en efecto, la piedra«, dijo y se acarició la barba, »en ella me encontraba sentado ayer por la mañana; y aquí se me acercó el adivino, y aquí oí por vez primera el grito que acabo de oír, el gran grito de socorro.

{{Capítulos|
[[Zaratustra 78:La resurrección|La resurrección]]
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La fiesta del burro
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[[Zaratustra 80:La canción del noctámbulo|La canción del noctámbulo]]
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