Revision 562838 of "La espada de San Martin" on eswikisource

{{Sin formato}}'''<center>LA ESPADA DE SAN MARTIN</center>'''


Un episodio de particular trascendencia vivirá hoy nuestro país: ante la presencia del Presidente de los argentinos, especialmente llegado para la ocasión y del Presidente del Consejo de Gobierno uruguayo se procederá a fundir en bronce la espada del Gral. San Martín que acompañará la estatua que los orientales le están levantando.

Desde tiempos legendarios la espada se consideró por el guerrero como símbolo y parte integrante de su propio ser combatiente. Así era venerada y así trascendió incluso su fama, al par que la del propio dueño, con nombre propio como La Colada, La Tizona y Durandarte.
La espada de San Martín tiene, por supuesto, este contenido común a todas las espadas de los héroes. Pero tiene algo más. Tiene un contenido latente que su propio dueño le quiso dar: él no fue su último poseedor:

“''El sabio que me ha acompañado en toda la Guerra de la Independencia de la América del Sud, le será entregada al General de la República Argentina, don Juan Manuel de Rosas, como una prueba de la satisfacción que como Argentino he tenido al ver la firmeza con que ha sostenido el honor de la República contra las injustas pretensiones de los Extranjeros que trataron de humillarla''”, escribió de su puño y letra el Libertador como cláusula tercera de su testamento. Y éste no puede resultar sorpresivo para quien haya seguido su pensamiento durante el gobierno rosista. No es un hecho aislado. Es una posición mantenida desde que él mismo inicia su correspondencia con Rosas ofreciéndole su brazo contra el bloqueo francés en carta del 5 de agosto de 1838: “ ''He visto''"-decía-''"por los Papeles Públicos de ésta, el bloqueo que el Gobierno francés ha establecido contra nuestro País, ignoro los resultados de esta medida; si son los de la Guerra yo sé que mi deber me impone como Americano, pero en mis circunstancias y la de que no se fuese a creer que me supongo un hombre necesario, hacen, por un exceso de delicadeza que usted sabrá valorar, si usted me cree de alguna utilidad que espere sus órdenes ; tres días después de haberlas recibido me pondré en marcha para servir a la Patria honradamente en cualquier clase que se me destine''”.

Más tarde, en carta del 11 de enero de 1846, con salud quebrantada insiste:

“''En las circunstancias en que se halla nuestra Patria hubiera sido muy lisonjero poder nuevamente ofrecerle (como lo hice a usted en el primer bloqueo por la Francia) mis servicios que aunque conozco serían inútiles, sin embargo demostrarían que en la injustísima agresión y abuso de la fuerza de Inglaterra y Francia contra nuestro país, éste tenía aún un viejo defensor de su honra e independencia; ya que el estado de mi salud me priva de esta manifestación, por lo menos me complazco en manifestar a usted estos sentimientos, así como mi confianza no dudosa del triunfo de la justicia que nos asiste''”. Porque como se lo expresa en carta del 10 de mayo de 1846, '''''“ESTA CONTIENDA EN MI OPINION, ES DE TANTA TRASCENDENCIA COMO LA DE NUESTRA EMANCIPACION DE LA ESPAÑA”'''''; se trata de la ''“defensa de los sagrados derechos de nuestra Patria”''- dice en carta a Tomás Guido del 20 de octubre de 1845, y prosigue en actitud demostrativa de su permanente sentido americanista: ''“derechos que los demás Estados Americanos se arrepentirán de no haber defendido o por lo menos protextando contra toda intervención de los Estados Europeos”.''

''“Lo que no puedo concebir''-escribe indignado a Rosas el 1º de julio de 1839-''“es que haya americanos que por un indigno espíritu de partido se unan al extranjero para humillar su patria y reducirla a una condición peor que la que sufríamos en tiempo de la dominación española; una tal felonía ni el sepulcro la puede hacer desaparecer”.''

Nada más categórico que el juicio de San Martín en esta tácita recriminación a los proscriptos unitarios que no cesaron de llamar y fomentar las invasiones extranjeras, cosa –por otra parte-muy del modo de ser de los unitarios.

Vicente Quesada, liberal antirrosista que no podrá ser tachado de parcial, lo dice en su “Historia Diplomática Latinoamericana”: ''“Sé muy bien que ha habido un partido que ha profesado la doctrina que era preferible ser súbdito de una nación extranjera antes que someterse a los enemigos domésticos; me consta que muchos que comparecen en la historia como eminentes patriotas, han lamentado en el seno de la confianza que los ingleses no nos hubieran conquistado definitivamente en 1806 y 1807”''; ''“Solicitaron a la Francia y a la Gran Bretaña como aliadas en las contiendas civiles, y, por último, hasta para vencer a Rosas recurrieron a una coalición extranjera”''.  Ello no obsta, pues, para que los próceres unitarios sean venerados como héroes mientras se execra a los federales en esa historia enferma de maniqueísmo que aún hoy se suele oír repetir mecánica y absurdamente. ''“Felizmente'' –al decir de Luis Alberto de Herrera-''ya caen en pedazos las viejas declamaciones palabreras y se entra –ensanchadas las perspectivas-al examen conjunto, elevado y a largo trazo de los acontecimientos muertos, en el afán de restablecer su auténtico asiento, a la vez de extraer la filosofía que de ellos fluye, por encima de nombres, de bandos y de prejuicios”.''

La gran visión de San Martín supo hacerle reconocer en Rosas al auténtico héroe que necesitaba la Confederación.

En aquel momento histórico era necesario un gobierno fuerte y así lo dice en carta a Guido del 17 de octubre de 1835:
''
“Hace cerca de dos años escribí a V. que yo no encontraba otro advitrio para cortar los males que por tanto tiempo han afligido a nuestra desgraciada Tierra que el establecimiento de un Gobierno fuerte o más claro, Absoluto, que enseñase a nuestros compatriotas a obedecer. Yo estoy convencido que cuando los hombres no quieren obedecer a la Ley, no hay otro advitrio que el de la fuerza”.''

Y en otra fechada el 26 de octubre de 1836: ''“Veo con placer la marcha que sigue nuestra Patria: Desengañémonos, nuestros países no pueden ( a lo menos por muchos años) regirse de otro modo que por gobiernos vigorosos, más claro, '''DESPOTICOS.”'''''

El 6 de mayo de 1850, tres meses antes de morir, se despide del Restaurador con significativos conceptos: ''“Que goce V. de salud completa, y que al terminar su vida pública sea colmado del justo reconocimiento de todo argentino, son los votos que hace y para siempre a favor de V. este su apasionado amigo y compatriota”.''

Mucho molestó a los enemigos de Rosas este apoyo y sigue molestando esta identificación del viejo guerrero de la independencia americana con la causa federal. Y no es casualidad que estos molestados, los mismos hombres que injuriaron a San Martín-los rivadavianos del año 23- calificándolo incluso de tirano, sean los que se unan en el frente antirrosista.

Comentando la noticia de la muerte del Gran Capitán a Don Félix Frías, escribía el 9 de noviembre de 1850 el Dr. Valentín Alsina:

''“Ha hecho un gran daño a nuestra causa con sus prevenciones, casi agrestes y serviles, contra el extranjero, copiando el estilo y fraseología de aquel; prevenciones tanto más inexcusables, cuanto que era un hombre de discernimiento. Era de los que en la causa de América, no ven más que la independencia del extranjero, sin importárseles nada de la libertad y sus consecuencias”… “Nos ha dañado mucho fortificando allá y aquí la causa de Rosas, con sus opiniones y con su nombre; y todavía lega a un Rosas, tan luego su espada. Esto aturde, humilla e indigna”…''

Manuel Guerrico que acompañó a Sarmiento en su visita al héroe, en Grand Bourg, cuenta que expresó en la entrevista, el Santo de la Espada:

''“Sobre todo tiene para mí el general Rosas que ha sabido defender con energía y en toda ocasión el pabellón nacional. Por esto, después de Obligado tentado estuve de mandarle la espada con que contribuí a fundar la independencia americana por aquel acto de entereza en que con cuatro cañones hizo conocer a la escuadra anglo francesa que, pocos o muchos, sin contar sus elementos, los argentinos saben siempre defender su independencia”.''

No fue después de Obligado. Fue al morir, dejándosela como legado.

El gesto de San Martín, puro, transparente y lúcido, nos dice todo. El viejo luchador lega su espada a quien-él lo ha visto- sabrá defender su misma causa con firmeza y pasión, y así, como el Cid Campeador, poder seguir ganando batallas después de muerto.
<ref> Diario "EL DEBATE" de Montevideo, del día 13 de setiembre de 1959</ref> 

MARTIN E. FERREIRO

=Obra Consultada=
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